Diario del Capitán Betancor (II)
13 de marzo de 1779 (continuación)
La quietud de la granja se rompió en un instante. Apenas estábamos tanteando el terreno cuando divisamos a un par de Choctaws apostados entre los árboles, observándonos. No hubo palabras, solo el estrépito de la pólvora. En un breve intercambio, logramos abatir a los dos antes de que pudieran ponerse a cubierto y huir. Pero la paz duró poco; un segundo grupo se abalanzó sobre nosotros con una furia desesperada. Fue un combate corto y brutal: logramos acabar con uno, mientras el otro lograba escapar, perdiéndose en el bosque.
Pensé que aquello sería el fin, pero al intentar dejar la seguridad de los sembrados, el aire se llenó de silbidos metálicos. Una partida de leales ingleses nos había tendido una emboscada. Estaban por todas partes y éramos demasiados pocos. Con el corazón en un puño, comprendí que no podíamos ganar aquel intercambio; la retirada era nuestra única salvación si queríamos sobrevivir para contar la historia.
Los ingleses, confiados por su superioridad numérica, se acercaron imprudentemente a nuestra posición entre los cultivos. Los esperábamos con las armas cargadas y el dedo tenso.
Abrimos fuego y uno de ellos cayó al instante; el impacto de nuestra resistencia los hizo flaquear y dieron media vuelta, huyendo despavoridos. Fue nuestra oportunidad.
Mientras cubríamos la retirada, fui testigo del valor de Kapduanda: con una destreza salvaje, derrotó en combate cuerpo a cuerpo a un par de aquellos indios que intentaban flanquearnos, dándonos el espacio necesario para respirar.
Finalmente, logramos abandonar el campo de batalla, dejándolo sembrado de enemigos de Su Majestad. Caminamos largo rato, siempre atentos al menor crujido, hasta asegurarnos de que no nos daban alcance. Solo cuando estuvimos lejos, en la seguridad del refugio, pude reunirme con el Padre y García. Hemos sobrevivido a la jornada, pero el peso de la muerte, una vez más, se pega a nuestra piel como el polvo del camino.






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