Diario del capitán Betancor (I)
12 de marzo de 1779
Parece una eternidad desde que dejamos atrás San Bartolomé de Arkansas. El silencio que nos rodea es pesado, casi antinatural; no hemos visto ni un solo rastro del enemigo, y esa calma, lejos de tranquilizarme, me mantiene en una tensión constante.
Hoy, el río nos ha devuelto una señal inquietante: unas canoas ocultas entre la maleza de la orilla. Los hombres de la tribu que nos acompañan están convencidos de que pertenecen a aliados de los ingleses, una advertencia silenciosa de que no estamos solos en esta inmensidad. Más tarde, mientras rastreábamos la zona, una columna de humo se ha alzado en el horizonte, desdibujándose contra el cielo. Sospecho que es una granja, un rastro de civilización en mitad de la nada que no sé si agradecer o temer. Hemos decidido levantar campamento a unas millas de distancia; aquí, la noche se siente más larga cuando uno espera lo inesperado.
13 de marzo de 1779
He pasado la noche inquieto, dándole vueltas a aquel humo. Al amanecer, tras romper el ayuno, no he podido contener la necesidad de saber qué ocultaba aquella humareda. He dejado al Padre y a García al cuidado del campamento y he partido con el resto hacia la granja.
El camino se ha hecho largo. Al llegar, nos ha recibido un silencio absoluto, una quietud que me ha obligado a extremar las precauciones. Nos hemos deslizado a través de los sembrados, buscando cobijo en el verdor, con los sentidos a flor de piel. Todo parece estar en calma, pero en estas tierras, la tranquilidad suele ser solo el preludio de algo más.


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