Diario del Capitán Betancor (III)
15 de marzo de 1779
Estos últimos días han sido, sencillamente, terribles. Me cuesta encontrar las palabras, y aún más hallar el sosiego necesario para escribir. Aquella refriega que creíamos haber superado no fue más que el preludio de una pesadilla: los indios y los colonos británicos no solo no se dispersaron, sino que nos rastrearon hasta el corazón de nuestro campamento, cayendo sobre nosotros con una ferocidad que aún me hiela la sangre.
El combate fue un caos de humo y gritos. Logramos abatir a varios, sí, pero el precio ha sido demasiado alto. Entre el fragor de la lucha, he perdido a García. Mi mejor amigo. Me cuesta aceptar que su risa y su compañía ya no estarán mañana al despertar; su ausencia deja un hueco en el pecho que ni siquiera este cansancio extremo logra mitigar.
Solo la providencia —o quizás la sagacidad del Padre y uno de nuestros guías indígenas— nos salvó de una muerte segura. Encontraron unas canoas ocultas y, en un acto de desesperación absoluta, pudimos escapar río abajo.
Llevamos días huyendo, arrastrándonos a través de este bosque que parece no tener fin. Apenas nos queda agua y la comida es un recuerdo lejano. Estamos agotados, perdidos en la espesura, con el mapa de nuestra voluntad borrándose a cada paso. No sabemos a dónde ir, ni si el camino que elegimos nos aleja del peligro o nos conduce directo a otra emboscada.
Aun así, seguimos adelante. El instinto de supervivencia es una llama tenaz. Estamos a salvo por el momento, refugiados bajo el manto de los árboles, pero sé perfectamente que la guerra no ha terminado. Es solo un suspiro antes de la siguiente tormenta.
Solo espero que, cuando el alba despunte, encontremos algún rastro de civilización o un refugio donde poder enterrar a nuestros muertos y curar nuestras heridas.




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