La encrucijada(II)
De repente, un estruendo rompió el silencio. Una bala de arcabuz silbó a través del aire, impactando con violencia en el tronco que el napolitano apenas acababa de alcanzar.
—¡Fuego! —gritó Vincenzo— ¡Me han visto, viene desde el carro!
Efectivamente, a pocos metros, un agente francés se encontraba parapetado tras un viejo carro de carga abandonado, utilizando la estructura de madera como una posición de tirador improvisada.
—¡Está bien atrincherado! —rugió el Conde—. ¡Xabier, rodéalo por la derecha! ¡Vincenzo, no dejes que levante la cabeza!
El napolitano, bien protegido por el grueso tronco, asomó su arcabuz y disparó. La detonación resonó en todo el valle. El francés se vio obligado a agacharse tras el carro, respondiendo con disparos que solo lograban astillar la corteza del árbol que protegía al napolitano.
Mientras el francés estaba fijado por la presión de Vincenzo, el Conde y Xabier se movieron como sombras a través de la maleza. Fue entonces, al apartar unas ramas bajas durante su avance, cuando el Conde divisó un bulto oculto bajo unas hojas secas. Se detuvo un instante y, con manos expertas, recuperó una serie de cartas selladas que alguien había escondido allí con premura.
—¡Las tengo! —susurró el Conde, guardándolas bajo su jubón antes de retomar el asalto.
Aprovechando que el francés seguía entretenido con el fuego de Vincenzo, el Conde cerró el círculo. Llegó a escasos metros del carro; podía oír la respiración agitada del agente galo al otro lado. Con un grito de guerra, el Conde saltó sobre él. El francés intentó girar, pero su espada apenas pudo desviar el tajo del aragonés; el Conde le cortó el brazo en un movimiento seco y, sin darle respiro, le hundió el estoque en el pecho.
El galo cayó inerte sobre el barro. Xabier, con rapidez, registró el carro, mientras el Conde guardaba celosamente las cartas recuperadas.
—¡Señor, aquí no hay nada de valor! —exclamó Xabier.
Antes de que pudieran reagruparse, un quejido débil brotó de unos arbustos cercanos. Vincenzo, saliendo de su escondite tras el árbol con el arma aún humeante, se acercó a investigar.
—¡Por todos los santos! —exclamó el napolitano—. Es un sacerdote . Está herido, pero respira.
El Conde se acercó, envainó su espada y observó al clérigo con severidad.
—Llevadlo con cuidado —ordenó el Conde, oteando la espesura—. Si el eco de nuestros disparos ha llegado a oídos de los franceses, no tardarán en enviar a una patrulla para investigar. ¡Vámonos de aquí antes de que el bosque se convierta en una trampa mortal!



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