Primer encuentro.
Navarra 1521.
El aire en el desfiladero del Cerral olía a tormenta y a pólvora vieja. Don Julián de Eguía avanzaba con paso firme, el acero de su espada reflejaba el sol de la tarde. Había recibido informes de movimientos enemigos, y su intuición le gritaba que los franceses intentaban forzar el paso hacia Pamplona. Sus dos arcabuceros, veteranos de mil batallas, seguían su estela en silencio, con los mecheros encendidos.
De repente, el silencio se rompió. El sonido metálico de un armamento pesado resonó.
Los franceses, con sus inconfundibles cruces blancas, habían establecido una posición de tiro. Pero Don Julián no se amilanó. Con una calma gélida, gritó una orden: —¡Fuego concentrado, caballeros! ¡No desperdicieis disparos!
La descarga de los leales fue como el trueno. El sargento francés que mandaba la avanzadilla, recibió un impacto directo en el pecho. Cayó pesadamente hacia atrás, con los ojos abiertos mirando al cielo, la vida escapándose entre los pliegues de su uniforme. Pero todos vieron como se levantaba lentamente.
Don Julián vio su oportunidad. —¡A por ellos! ¡Por la Corona! —rugió. Y cargó personalmente, espada en mano, hacia el sargento francés. No iba a dar cuartel.
Uno de los lanceros franceses en intentó detener al noble navarro. Pero Don Julián era un veterano de mil lances. Esquivó la lanza con facilidad y, con un tajo preciso y elegante, abatió al sargento francés, que se desplomó sin un gemido.
El impacto de ver a su sargento muerto, su lugarteniente herido de gravedad y a su líder enfrentándose a la muerte con tal audacia rompió la moral de la escuadra francesa. Los supervivientes, presos del pánico, abandonaron sus armas y huyeron despavoridos por el paso de montaña, perdiéndose entre los árboles y desintegrándose como fuerza de combate.
La victoria era total. Don Julián, con la espada aún caliente y la mirada fija en la distancia, vio cómo los franceses huían, dispersados como hojas al viento. Solo debía lamentar la baja de su Don Íñigo de Arbizu, que había sido herido. Por suerte la herida había sido superficial y con algo de descanso se recuperará.
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