Rescate en Pamplona. Introducción.
La noticia corrió por las montañas como un incendio en agosto: Pamplona había caído bajo el peso de las botas francesas y la confabulación navarra. El virrey, en un acto de desesperación cobarde, había puesto tierra de por medio, dejando atrás a su amante, Doña Beatriz, una mujer cuya seguridad se había convertido en el único punto débil de su partida.
Nuestros protagonistas, el Barón de Lanuza y el Conde de Ribagorza, se reunieron en la penumbra de un refugio en la sierra con Don Julián de Eguía, un noble leal a la Corona cuya mirada reflejaba la amargura del exilio y el peso del deber. Don Julián no era un hombre cualquiera en esta trama; él era el hermano de la mujer abandonada, y el lazo que ahora unía a los tres hombres era la misiva que nuestros héroes le habían entregado días atrás, tras recuperarla: una carta que, más que papel y tinta, era una prueba de confianza y una llave hacia una alianza sellada con sangre.
—Mis hombres no pueden entrar en la ciudad sin ser detectados —dijo Don Julián con voz ronca, desplegando un mapa arrugado sobre la mesa de roble—. Pamplona es ahora un avispero. Pero ella... ella no sabe quién puede rescatarla. Se ha refugiado tras los muros del Convento de las Clarisas, creyendo que el hábito la protegerá de la furia de los ocupantes. Si los franceses o los traidores navarros descubren su identidad, la usarán como moneda de cambio o algo peor.
Don Julián clavó sus ojos en el Conde y en el Barón, buscando en ellos la misma audacia que habían demostrado tiempo atrás.
—Os pido que la saquéis de allí —continuó, con una intensidad casi dolorosa— No solo por mi sangre, sino por la lealtad que me habéis demostrado. Si la ponéis a salvo, no solo tendréis mi gratitud eterna, sino el respaldo de toda mi casa en la reconquista de lo que es nuestro.La misión estaba clara: infiltrarse en una Pamplona ocupada, sortear las patrullas de los traidores y extraer a Doña Beatriz de su santuario antes de que fuera demasiado tarde.


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