Rescate en Pamplona.

Dos sombras se movían en la noche, en las afueras de Pamplona. Las patrullas francesas y de los traidores navarros peinaban las calles, en busca de fugitivos y rezagados.

El Conde de Ribagorza avanzaba agazapado junto a un murete de piedra seca, con la respiración contenida. 

A pocos pasos, una silueta con una larga lanza se detuvo de repente. El soldado francés había oído algo. El Conde se inmovilizó, convirtiéndose en una extensión más de la roca. En ese instante, un gato callejero emergió de entre los matorrales con un maullido estridente y lastimero, rozando las botas del militar. El guardia, maldiciendo entre dientes por la falsa alarma y lanzando una patada al animal, desvió su atención y continuó su ronda, alejándose por la calle.

El corazón del Conde  latía fuertemente, habiendo salvado el pellejo por el capricho de un gato. Sin noticias del Barón, el Conde de Ribagorza se tropezó de bruces con un paisano local que deambulaba desorientado entre las sombras, sin saber muy bien si huir o esconderse. El hombre, tembloroso y con la mirada perdida comenzó a lanzar excusas. El Conde, con gesto firme pero sin alzar la voz, le impuso una mano en el hombro y le dedicó una mirada gélida y elocuente. No había tiempo para prisioneros ni testigos. 

-Sigue tu camino, buen hombre, y olvida que me has visto- indicó el Conde con autoridad. Mientras ponía una mano sobre su daga. El civil, comprendiendo de inmediato que su vida pendía de un hilo, asintió con frenesí y se desvaneció en la oscuridad sin hacer más preguntas.

Guiado por la intuición y el informe de Don Julián, el Conde continuó rastreando la zona.  Hasta encontrar una nueva sombra......

Era Doña Beatriz de Eguía. Pálida y tensa por el terror, se iluminó su cara con un atisbo de esperanza cuando el Conde se acercó y le mostró la seña convenida.

A pocos metros, un guardia francés giró la esquina y, al ver la escena, dio la voz de alarma.

-¡Alerta! ¡Aquí!

El centinela se lanzó hacia ellos, acompañado de inmediato por otro soldado que acudía a la alerta. El Conde de Ribagorza no dudó ni un solo segundo. Desenvainó sus armas y se abrió paso a espadazos: un tajo seco al pecho del primer atacante y una estocada fulminante que derribó al segundo, despejando el sendero en un par de latidos de pura furia y precisión.

Con las manos llenas de sangre enemiga y aferrando firmemente del brazo a Doña Beatriz, el Conde corrió a reunirse con el Barón de Lanuza, quien ya había acudido al eco del acero, perseguido por un para de guardias. Ambos nobles se fundieron con la noche, con su nueva acompañante, esfumándose ante las narices de la guardia francesa.

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Aragoneses. Leales a Carlos I

Puntos de Reputación: 10 puntos
Puntos de Victoria: 6 puntos
Puntos de experiencia: 11 puntos. 

Soldados franceses 

Puntos de Reputación: 6  puntos
Puntos de Victoria: 2 puntos
Puntos de experiencia: 6  puntos. 
Bajas: Dos lancero

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